Todo empezó con esta foto.
Durante muchos años he hecho esculturas y lámparas con objetos en desuso. Las hago para mí y para mis amigos, por el gusto de hacerlas, sin ánimo de lucro. En mi instagram podéis ver algunas  (micropaisajesdediegocuenca).
Pero todos los “artistas” tenemos el deseo secreto de vivir de la creatividad.
Un día, curioseando en páginas de trabajos manuales, al lado de una lámpara interesante, alguien proponía convertir los corchos usados en macetitas y ponerles un imán.
Me fascinó la idea de un mini jardín en la nevera. Tiene esas cosas que me gustan: simple, original, naif, juguetón, modular, baratísimo, en fin, perfecto.
Así que manos a la obra, al rato ya tenía unos cuantos corchos preparados … y me parecieron tan horrorosos … supongo que no tenía las plantas ni las herramientas adecuadas.
A veces, las cosas funcionan muy bien en mi cabeza pero convertirlas en objetos hermosos es otro asunto. El objeto te emociona o no, independientemente de la idea de la que proviene.
Yo diría que tengo talento para imaginar objetos y una habilidad mediana para convertirlos en realidad. Más que artista o artesano soy soñador. También poseo una determinación firme y un gusto por investigar y aprender. Y la curiosidad infinita de los niños.
Así que, enseguida, empecé a imaginar otros objetos donde poner las plantitas…

Troncos huecos, tacos de madera, macetitas mini, chupitos,, tacitas, hueveras … y piedras que intenté agujerear … sin éxito.
Con mi gusto por el bricolaje y herramientas caseras, en poco tiempo reuní una gama suficiente como para llamarle catálogo.


Faltaba la parte más importante: ¡las piedras!. En mi cabeza estaban geniales, piedras huecas con plantas dentro. Rinconcitos de naturaleza …
No podía renunciar a las piedras
Como no fui capaz de agujerearlas le encargué a un alfarero que me hiciera unas bolitas de 4 cm, con desagüe.


Colgarlas de un hilo salió solo, la pieza lo pedía.
Y con ese helecho en miniatura … ¡era tan bonito! …
Fué la priemera pieza realmente emocionante. Digo emmocionante en el sentido de que su contemplación producía emociones. Despertaba ternura y solidaridad con su indefensión, con su pequeñez, con su fragilidad. Este era el camino, eso es lo que iba a hacer.
¡Una micro escultura! … pero con 2 errores.
Necesita 3 hilos para colgar equilibrada y los helechos son demasiado sensibles a la falta de humedad como para vivir con solo 3 cm de tierra.
Este error lo arrastré más tiempo, insistí con las hiedras y los ficus, pero la realidad es muy cabezona y la microescultura se desmoronaba sin una planta resistente. La emoción se convertía en decepción en pocas semanas. Decidí limitarme a las plantas crasas.

Y otra vez el azar. Un proveedor de cactus me enseñó esta foto. Una compañera suya de las clases de cerámica había hecho esta miniatura deliciosa (3 cm).
Si quería que mi alfarero me hiciera algo así, yo debía saber más cosas sobre cerámica. Conocer los materiales y todo eso para poder hacerle los encargos.
Una amiga artista, me habló de Xus Montoya, que da clases de cerámica en el Ateneu de Cerdanyola.

Pensé en invitarla a un café y averiguar las 4 dudas que tenía.
Bueno, un café será poco, mejor la invito a comer y así me entero de todo.
Era agosto y no la localicé hasta que empezaron las clases.
Bueno, mejor me apunto a clase y si acaso ya me borro en Navidad, me dije.
Je, je.
Llevo 3 años y estoy al principio del principio.
Dice Xus, que después de 20 años, ella también.

primeros intentos

Las primeras piezas

Las últimas

Contado así, parece una trayectoria lineal pero en el camino se han quedado otras muchas cosas. Mi obra es un laberinto con múltiples callejones por explorar. Muchas líneas qué, de momento, están aparcadas, quizás para siempre, quizás hasta esta tarde.

 Lámpara jardín

 Tillandsias en caracolas con imán

 ¿Lámpara con tillandsias? ¿te la imaginas?

 Jarroncillo con imán

 Broche con plantas vivas

MI CREATIVIDAD

¿De donde sale mi creatividad? ¿es especial? ¿innata?
Desde luego no fui un niño-artista. Soy zurdo pero escribo con la derecha. No es que me obligaran, sencillamente me dijeron: se hace así. Y así lo hice.
Total, que si eres zurdo y dibujas con la derecha no ganas un concurso de dibujo infantil. Mi letra era menos legible que la media y mis dibujos más emborronados. Dibujo y caligrafía eran las únicas artes plásticas en el colegio. Pero las matemáticas se me daban bien. A fin de cuentas, ¿para que sirve el dibujo?, pensábamos todos.
Así que fui un niño a-gráfico o a-plástico, como casi todos.
Hice un bachillerato de ciencias y después estudié Biología en la Universidad Central de Barcelona.
Mis padres eran campesinos llegados a Barcelona  a principios de los 50, en aquellas oleadas de inmigración interior. Venían de una cultura, y un tiempo, donde no se compraban cosas, se hacían. Mi madre nos hacía toda la ropa excepto los zapatos y todos los hombres de mi familia (tengo muchos tíos y primos) saben hacer una pared bien hecha. No sé, yo diría que la autosuficiencia y el ingenio eran el orgullo de los que no tenían otra cosa que sus manos y su capacidad de trabajo. 
Crecí en ese ambiente. Creo que mi creatividad germinó allí. El bricolaje ha sido el caldo de cultivo y siento un gusto especial cuando reparo algo (he levantado un par de paredes bien hechas).
Pero mi maestro fue mi padre. Construyó su puesto de trabajo y las herramientas necesarias para desarrollarlo. Tenía un puesto de pájaros en las Ramblas de Barcelona. En la terraza ciaba periquitos y los domingos por la tarde, viendo la tele, hacía columpios y juguetes para pájaros con aluminio, alicates, 2 manos enormes y mucho ingenio. Para mí era magia pura. En un minuto sacaba de la nada un columpio perfecto. Tenía un catálogo completo: columpios, escaleras, espejitos y varios juguetes con cascabeles. Todo con hilo de aluminio y poco más.
 ¿Creatividad?. Eso es creatividad. Combinar lo que tienes para producir algo nuevo. Él combinaba sus manos, hilo de aluminio, deseo de prosperar y tesón para producir recursos con los que sostener a su familia. Magia pura.
Creo que mi creatividad es así. Combino mis manos, mi amor por la naturaleza, el gusto por el bricolaje, una mirada juguetona sobre la vida y una mente muy visual (no sé si ser zurdo tiene algo que ver con eso) con lo que aprendí estudiando biología, bonsais, y ahora cerámica, para producir unas macetitas que emocionan (y de paso, recursos). Magia pura.
José Cuenca. A la derecha, los columpios
“Gallo”
Digamos que mi carrera, o mi producción de objetos hermosos, empezó a los 30 años. Siempre me ha interesado TODO y por entonces me interesé por los bonsais. Leí un libro magnífico y me fascinó. Tardé poco en apuntarme en la escuela Bonsaikebana. Allí aprendí composición, armonía, equilibrio dinámico, punto de vista … y llené mi jardín de proyectos de bonsai. Era demasiado joven e impaciente (todavía lo soy, lo de impaciente) como para cultivar bonsais con éxito, pero aprendí muchas cosas.
Unos años después, por casualidad, visité una exposición de esculturas del diseñador Pere Torrent “Peret”. Una de las piezas consistía en unos alicates ligeramente deformados hasta convertirlos en la silueta de alguien con la boca hacia el cielo, como gritando. “El grito”. Preciosa. Valía 100.000 pesetas, una fortuna.
Aclaremos el tema, lo que valía 100.000 era la firma de Peret, no era un ingénuo.
Aquella pieza contenía lo básico de los bonsais: era la mirada, el ojo, lo que convertía unos alicates en un gesto de dolor.
¡Madre de los cielos! aquello fue una epifanía, una experiencia completa, con todo el cuerpo, no solo mental. Tuve una revelación: esto lo hago yo con una mano.
Tenía la imaginación necesaria, y no hacía falta ser un Velázquez para hacer aquello.

Lo que hacía falta era creérselo, determinación.
Buscando como aprender a soldar, un amigo común me presentó a Francesc Villarán, el escultor. Tuvo la generosidad de regalarme un día de su vida. Me enseñó su taller, sus cosas, los rudimentos de la soldadura y lo vi trabajar. Presencié con qué facilidad veía una flor en un embrague de camión y una cabra en un somier.  Hicimos juntos una pieza, que me regaló, y me fui a casa más contento que unas pascuas. También me regaló el permiso para mirar las cosas con los ojos de un niño y convertirlas en esculturas de hierro. A los pocos días hice la primera, el gallo.
“El Gallo” es un bonsai hecho con 2 hoces usadas. Perfil triangular, tronco y rama primaria, ápice, equilibrio dinámico, armonía en la variedad, punto de mira, expresión, simplicidad, evocación. Lo tiene todo. 3 piezas y 2 soldaduras. Poesía. Combinación de lo que tenía con lo que sabía.
No sé forjar hierro así que utilizo piezas que ya tengan la forma adecuada (la ignorancia también entra en la combinatoria). Yo solo escojo los elementos y el ángulo desde donde se miran. No es solo comodidad, al modificar poco las herramientas, muestro que el gallo ya estaba en las hoces, solo había que mirarlo desde el ángulo adecuado. Además, las herramientas usadas conservan la huella del trabajo que hicieron y un poco de la vida de quien las empuñó.

Años después, mi amigo Fernando Gaya, el pintor, me habló del concurso de pintura y escultura que cada año convoca el ayuntamiento de Sitges.
Tiene mucho prestigio y un primer premio de 2.000 € por entonces.
Pero se quedan las piezas ganadoras del primer premio.
Como era un gran coleccionista de mis propias piezas presenté una de la que pudiera desprenderme.
Y no ganó. ¿Te lo puedes creer?.
Así que al año siguiente, viendo que había nivel y dispuesto a darles una lección, me fui con todo, presenté lo mejor que tenía: “El meu ruc”. Acepté cambiarla por 2.000 €, total, el verdadero placer fue hacerla y eso ya no me lo quitaba nadie.
Cuando la hice, pasé dos horas decidiendo un ángulo exacto de la cabeza que transmitiera la mirada amable de Platero, el burro de Juan Ramón Jimenez. Cuando acabé, me dije: este es mi techo, nunca haré nada mejor.
¡Y sí!, me dieron el segundo premio. A mí no me extrañó, la verdad.
Además, el segundo premio de escultura no se lo quedaban, así que tengo mi premio y mi “ruc” (que también es un bonsai).
Días después me llamó una señora interesada en comprarla. Ni siquiera hablamos del precio. Platero había ido mansamente a la batalla, a buscar reconocimiento para mí, lo consiguió y volvió indemne ¿como iba a venderlo?

“El meu ruc”, mi preferida.

Hay un punto evidente de chulería en mi relato. Es intencionado. Creo que desarrollar la creatividad necesita de ese punto de chulería, de auto confianza exagerada, de ego. Y ese tomárselo un poco a broma.
Para mí, crear es un dejarse llevar por la intuición y el juego. De pequeño, mi personaje favorito era Tarzán y mi obra es un poco así, ingenua y primitiva. Creo que gusta porque, al contemplarla, la gente conecta con su niño interior, con su Tarzán.